La mayoría de las personas no se ven.
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La gente no ve.

El Director
oct 3
 
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La mayoría de las personas no se ven.
Se miran al espejo, pero no se ven.
Ven un cuerpo, un rostro, un reflejo.
Pero no ven lo que hay debajo.

Van por la vida en piloto automático.
Repiten frases, opiniones y gestos como si fueran suyos.
Creen que el miedo que sienten es natural.
Creen que la prisa es obligatoria.
Creen que las cosas que dicen “hay que hacer” son leyes.

No paran.
No se detienen a preguntarse:
¿De dónde viene todo esto?
¿Quién me dijo que esto era la vida?
¿Yo elegí esto, o esto me eligió a mí?

Es raro, porque nadie les prohíbe pararse.
Podrían hacerlo ahora mismo.
Cerrar los ojos, respirar, ver qué hay dentro.
Pero no lo hacen.

Es más cómodo moverse sin pensar.
Es más cómodo creer que lo que hacen todos es correcto.
Es más cómodo no verse.

Por eso, en el fondo, hay tanta insatisfacción.
Porque cuando no te ves, no sabes quién eres.
Y cuando no sabes quién eres, todo te parece poco.
Todo se siente vacío.

La primera revolución no es política.
No es económica.
No es tecnológica.
Es mirarse de verdad.
Verse de verdad.

Cuando uno se ve, cambia todo.
No necesitas tantas cosas.
No necesitas tanto reconocimiento.
No necesitas tanto.

Solo necesitas actuar desde un lugar que es tuyo.
Un lugar silencioso.
Un lugar donde, por fin, no eres copia.
Eres tú.

Y aun cuando alguien lo hace, cuando al fin se ve y actúa desde ahí, el resto de nosotros no lo celebra: lo rechazamos, lo criticamos, lo apabullamos. Matamos lo distinto. Matamos lo que nos obliga a mirarnos.

Si veis un pájaro distinto, lo tiráis.
Si veis un monte distinto, lo caéis.
Si veis un camino distinto, lo cortáis.
Si veis una rosa distinta, la deshojáis.
Si veis un río distinto, lo secáis.
Si veis un hombre distinto, lo matáis.

¿Y el sol y la luna dando en lo distinto?

Vivir distinto de lo distinto.
Quién seas, quién eres: distinto.

Nos vemos en la cima,
La Academia s.XXI

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