Este fin de semana se celebraron los Premios Goya. Mucho cine, muchos discursos… y, como suele pasar últimamente, también algún comentario que ha levantado bastante ruido.
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Una broma sobre la fe… y la respuesta de un cura de barrio

El Director
mar 6
 
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Este fin de semana se celebraron los Premios Goya. Mucho cine, muchos discursos… y, como suele pasar últimamente, también algún comentario que ha levantado bastante ruido.

En este caso fue Silvia Abril, que durante la gala lanzó un comentario sobre los cristianos que ha dado bastante que hablar. Dijo literalmente:

“Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano; me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana. Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado”.

Nada nuevo bajo el sol.

En España es bastante habitual que cuando alguien quiere hacerse el gracioso en un escenario grande termine tirando del mismo recurso de siempre: burlarse de la fe cristiana. Es barato, no tiene coste social y suele arrancar alguna risa rápida.

Pero esta vez pasó algo interesante.

Un sacerdote decidió responderle en una carta.

Una carta serena, inteligente y muy bien argumentada que merece la pena leer con calma.

Así que te la dejo aquí completa.

Y después, si te parece, comentamos brevemente lo que dice.

Porque más allá de la polémica del momento, la respuesta tiene algunas ideas que vale la pena pensar.

Estimada Silvia:

Me llamo Francisco Javier. Soy un sacerdote del montón que vive y trabaja en un barrio obrero del sur de Madrid, en Leganés. En mi día a día no hay focos ni maquillaje; aquí la vida es muy auténtica. Me dedico a estar con gente que sufre mucho, a escuchar a quien no duerme por la ansiedad de los problemas, a consolar a quien ha perdido a alguien querido y a dar esperanza a quien ya no ve salida. Como mis compañeros, trato de ayudar a todo el que lo pide.

He escuchado unas declaraciones suyas en la gala de los premios Goya en las que, entre otras cosas, dijo: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano; me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana». Por eso me he animado a escribirle y contarle algunas cosas.

Hace menos de un mes celebré un funeral de cuerpo presente por un hombre de cincuenta años que murió de manera repentina. Infarto. Aún tengo grabados a su padre y a su madre llorando desconsolados delante del féretro, y la cara de angustia de su mujer y de sus dos hijos, que han quedado huérfanos. Fue duro. Les dije que, si existe la sed, es porque existe el agua; y que, si existe el deseo de volver a abrazar a las personas que queremos, es porque existe el Cielo. Les anuncié que seguimos a un Dios que conoce el camino para salir de la tumba. Hace unos días su mujer me dio las gracias porque aquella oración era lo único que le había dado esperanza. Al ver sus declaraciones pensé que usted podría haber venido conmigo al tanatorio y, mirando a sus hijos a los ojos, haberles dicho: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano». Y luego, a su viuda y a sus padres: «Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana».

La última vez que asistí de cerca a la muerte de una niña fue el año pasado. La planta de oncología infantil del hospital estaba decorada con cariño para dar algo de luz en medio del sufrimiento de aquellos pequeños. Sus padres me llamaron. Estuve hablando largo rato con ellos. Me emocioné cuando su madre me dijo que la niña había dicho que sabía que iba a estar bien porque iba «con Jesús». Después le administré la unción y rezamos juntos en familia. Volví por los pasillos secándome las lágrimas. Aún la recuerdo riendo con su pañuelo en la cabeza. Murió unos días después. ¿Sabe qué, Silvia? He pensado que quizá le hubiera gustado estar allí para decirle aquello de: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano». Hoy sus padres siguen adelante con un dolor inmenso y también con esperanza; incluso han recibido el regalo de otra hija. ¿Se atrevería usted a venir conmigo un día a verles y repetirles que le da pena que necesiten creer en algo?

Usted dijo también: «Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado». ¿Sabe algo? En este barrio donde estoy no hay alfombras rojas ni se celebran galas. No hay salas VIP ni trajes de noche. Sí que hay camareros inmigrantes, pero aquí suelen servir café en las mesas, no están con bandejas llevando cócteles y aperitivos gourmet en las fiestas. Soy feliz aquí, quiero a este barrio. La invito a venir, Silvia. Véngase a mi «chiringuito» parroquial y quédese una mañana conmigo visitando a los enfermos que ya no pueden salir a la calle porque viven en edificios sin ascensor. Escuche las historias de mujeres que están solas porque sus hijos no las visitan nunca. Oiga a hombres que viven con la herida de haber perdido hijos por la droga o el alcohol. Puede ofrecerles alguno de esos consejos que se dicen en televisión. Después, por la tarde, acompáñenos con las voluntarias de Cáritas repartiendo alimentos a familias inmigrantes. No tenemos photocall, pero puede ayudar a repartir cajas de fruta, puede mirarlas y escuchar sus historias, y comparta con ellas sus recetas sobre la fe.

O quédese conmigo atendiendo a jóvenes que no logran salir de una adicción, que sufren por la ruptura de sus familias o por la angustia de no poder independizarse. Estarán encantados de escuchar sus soluciones. Luego le invito a quedarse en Misa con nosotros. Y no voy a cobrarle nada. En mi «chiringuito» no entra un solo céntimo de quien no quiere darlo libremente en la declaración de la renta. En cambio, de los impuestos que yo pago, una parte irá a sus películas, lo quiera yo o no.

¿Sabe por qué muchos jóvenes, y también adultos, vuelven a lo cristiano? No es que volver sea una carencia. Es que tienen carencias porque han crecido rodeados de cosas, pero vacíos de sentido. Mucha gente de las generaciones anteriores les han dado de todo pero les han negado lo más importante. Cuando alguien tiene frío, busca un refugio donde haya fuego, ese fuego que a veces se les ocultó. Necesitan creer porque, como usted y como yo, sufren, lloran, se angustian, tienen miedo y experimentan debilidad. Porque ven la vida con profundidad y no se conforman con que sea solo lo que se les ha ofrecido. Sus declaraciones suenan a cierta superioridad moral, como si ser frágil y apoyarse en la fe fuera algo vergonzoso, como si tuviéramos que ser superhéroes perfectos que nunca fallan. Y luego nos preguntamos por qué la salud mental es un problema creciente.

Sinceramente, hoy rezaré por usted.

Que tenga un buen día.

Francisco Javier Bronchalo, cura de barrio.

Después de leer la carta uno entiende algo bastante evidente.

Hay debates que se vuelven absurdos porque se plantean desde lugares completamente distintos.

Desde un escenario con focos, bromas y aplausos es fácil reducir la fe a una caricatura.
Un “chiringuito”.
Una especie de refugio psicológico para gente débil.

Pero la carta del sacerdote te baja de golpe a otro lugar.

A un tanatorio.
A la habitación de hospital de una niña.
A una madre que acaba de perder a su hijo.
A un barrio donde la gente vive con problemas muy reales.

Y allí la pregunta cambia completamente.

Porque en esos lugares la fe no aparece como una ideología ni como una tradición cultural.

Aparece como esperanza.

Como la única cosa que algunas personas tienen cuando todo lo demás se ha roto.

Por eso la carta no responde con rabia.
Responde con realidad.

Con historias, personas y sufrimientos concretos.

Y ahí uno entiende algo interesante.

Muchas veces quienes se burlan de la fe hablan de ella sin haber estado nunca donde la fe se vuelve necesaria.

Sin haber acompañado a alguien que se despide de un ser querido.
Sin haber mirado a los ojos a unos padres que entierran a un hijo.
Sin haber pasado horas escuchando a alguien que ya no encuentra sentido a seguir viviendo.

En esos lugares las teorías brillantes suelen quedarse muy pequeñas.

La carta, en el fondo, no intenta ganar una discusión.

Hace algo más inteligente.

Invita.

Invita a mirar.
Invita a escuchar.
Invita a conocer una realidad que casi nunca aparece en las galas ni en los platós.

Y eso quizá sea lo más interesante de todo.

Porque cuando uno se acerca de verdad a la vida real de las personas —al sufrimiento, al miedo, a la esperanza— entiende que la fe no siempre nace de la ignorancia.

Muchas veces nace de la experiencia profunda de la vida.

Y puede que después de eso uno siga creyendo… o no.

Pero al menos deja de reírse.

Y eso ya sería un buen comienzo.

Nos vemos en la cima.
— La Academia s. XXI

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